La Araucaria

La araucaria, monumento natural en peligro.       Araucaria-1900-117x150       

Fuente de alimentación de las comunidades pehuenches de la cordillera, el inmenso árbol que hoy está en peligro de desaparecer llamó la atención de los cronistas españoles, viajeros, poetas y artistas que lo retrataron, al natural, con su pincel o su pluma.

Nueve de cada diez araucarias en Chile se están secando, sin que los científicos puedan todavía saber por qué. Se habla de bacterias, hongos y cambio climático. La enfermedad afecta a las 320 mil hectáreas donde crecen ejemplares de este árbol, en las cordilleras de la Costa y de los Andes. De no encontrarse un método de control, su extinción no solo afectará gravemente al ecosistema, sino que destruirá un símbolo fundamental en la cultura pehuenche y chilena. Declarado monumento natural en 1976, la araucaria aparece descrita ya por los primeros cronistas españoles.

En su “Crónica y relación copiosa y verdadera de los reinos de Chile”, terminada en 1558, Jerónimo de Vivar, soldado que acompañó a Pedro de Valdivia en su expedición conquistadora, dedica un capítulo a “Los árboles e hierbas que hay en el término de la ciudad de La Concepción”. En él ofrece una de las primeras descripciones de la araucaria, cuando todavía no era conocida con ese nombre. “Hay en esta tierra un árbol muy alto a manera de pino, salvo que no tiene rama, sino solamente una copa en lo alto. El asta que tiene procede de las hojas. Llevan estas ramas o copa una piñas que casi se parecen a las de pino en el llevar de los piñones. Tiénenlos en aquellos encajes y se abren y sacan unos piñones de ellas mayores que almendras. Estos asan los indios y los comen cocidos. Son como bellotas. Algunos españoles le llaman líbano acaso de llevar una resina que, echándola en el fuego, huele bien. De estos árboles… hay gran cantidad pasado el río de Biobío para adelante”.

Pedro Mariño de Lobera, quien llegó a este territorio en 1551, peleando a las órdenes de Valdivia, Francisco de Villagra y García Hurtado de Mendoza, confirma en su “Crónica del Reino de Chile” el papel nutricio de este árbol entre los aborígenes. Para dar una idea del tamaño que tienen sus frutos, dice que son “tan grandes que viene a ser cada piñón después de mondado del tamaño de una bellota de las mayores de España”. Al igual que Vivar, informa que “es tanta la altura de estos árboles que viendo los españoles tal grandeza les pusieron por nombres líbanos”.

Esta misma denominación se encuentra en el poema épico “La Araucana” (1574), cuando Alonso de Ercilla relata la prueba sobrehumana ideada por Colocolo para elegir al toqui que debe liderar la guerra contra los españoles: “Pues el madero súbito traído/ No me atrevo a decir lo que pasaba,/ Era un macizo Líbano fornido,/ Que con dificultad se rodeaba,/ Paicabí le aferró menos sufrido,/ Y en los valientes hombros le afirmaba,/ Seis horas lo sostuvo aquel membrudo,/Pero llegar a siete jamás pudo”. El vencedor, como es sabido, fue Caupolicán.

El abate Molina y el origen del nombre Araucaria

En el siglo XVII se registra por primera el nombre vernáculo de este árbol. En su “Historia general del Reino de Chile, Flandes Indiano”, terminada en 1674, escribe el misionero jesuita Diego de Rosales: “Y en sus valles habitan los indios Pegüenches, llamados assi por los muchos pinos, que entre aquellas peñas, y en sus eminentes alturas, nazen, a los quales llaman en su lengua Pegüen y añadiendo la palabra che, que quiere dezir indio, se llaman los que habitan en las dos cordilleras, y se sustentan de estos piñones de que ay grande abundancia. Pegüenches, que quiere dezir, indio de los Pinares. Y cada uno tiene su pedazo de cordillera señalado, y heredado de sus antepasados, y tiene por suyos los pinos de aquel distrito, para hazer su cosecha de Piñones, para el sustento del año y suelen coger, quando el año es bueno, tantos, que tienen para tres y quatro años, conservandose frescos en pozos, y silos de agua. Son al modo de la bellota con su cascarita como ella, algo más correosa, formanse en piñas grandes”. Con ellos, dice Rosales, hacen pan y chicha.

“Este es el más singular, bello y alto de los árboles que producen las tierras chilenas”, escribió Juan Ignacio Molina en su “Ensayo sobre la historia natural de Chile”, publicado en Bolonia el año 1810. En este trabajo presenta una minuciosa descripción tanto del árbol como de sus frutos. Informa que se propaga fácilmente a través de sus semillas en otras partes del “reino”, pero admite que su crecimiento es lentísimo: “Yo vi uno que contaba con más de veinte años de edad y había alcanzado apenas una décima parte de su elevación común”. El abate Molina propuso en 1782 la denominación científica Pinus araucana , pero terminó por aceptar la de otros botánicos europeos. “Es cierto que el árbol, por su singularidad, bien merece formar un género aparte, y con mucho agrado acepto y adopto aquel que se le ha formado bajo el nombre de Araucaria , porque indica su origen”, escribe el jesuita chileno.

Con la palabra Araucarias se refiere el científico escocés Robert Brown (1773-1858) a la familia de los ejemplares fósiles encontrados por Charles Darwin en la cordillera de Uspallata. “Eran árboles petrificados; once estaban convertidos en sílice y treinta o cuarenta más en espato calcáreo groseramente cristalizado. Todos estaban rotos poco más o menos a la misma altura y se alzaban algunos pies sobre la superficie del suelo. Esos troncos de árboles tenían cada uno de tres a cinco pies de circunferencia”, escribe Darwin en “Viaje de un naturalista alrededor del mundo”.

Hasta el siglo XIX, la denominación Araucaria imbricata -del botánico español José Antonio Pavón- coexistió con la de Araucaria araucana , en la taxonomía propuesta por el alemán Karl Koch (1809-1879), que terminó por imponerse hasta hoy. Todavía en 1884, la artista inglesa Marianne North (1830-1890) escribe en su Diario , traducido por Luis Oyarzún: “El objeto principal de mi viaje a Chile había sido pintar la vieja Araucaria imbricata , conocida en Inglaterra como ‘árbol rompecabezas de los monos’ ( puzzle monkey tree ), nombre bastante absurdo, pues en Chile no hay monos que despistar”.

North confiesa que no fue fácil llegar hasta los bosques de araucarias. Le advirtieron que sería devorada por pumas o raptada por los indios. “Otros me dijeron que esos árboles ya no existían, pues habían sido todos abatidos y aserrados para fabricar durmientes para el ferrocarril”, escribe. Fue precisamente por este medio de transporte que llegó hasta Angol, última estación de la vía férrea. Luego se trasladó a una casa de campo desde la cual se divisaban, en las cumbres de la cordillera de Nahuelbuta, algunos ejemplares “como alfileres distraídamente puestos en almohadillas, alzándose negros contra el cielo poniente”.

Para verlos de cerca viajó escoltada por soldados chilenos. “Las primeras araucarias que alcanzamos estaban en un valle, pantanoso, pero también crecían hasta lo alto de las montañas rocosas, donde parecían haber desplazado a todos los demás árboles, cubriendo muchas millas de cerros y valles. Fuera de ese bosque se encontraban pocos ejemplares”, escribe. “No vi ningún árbol que tuviera más de cien pies de altura o veinte de circunferencia y, cosa rara, parecían todos muy viejos o muy nuevos”, constata al compararlos con los ejemplares de “edad mediana”, que había visto en los jardines de Inglaterra, país adonde fue introducido en 1795 por Archibald Menzies.

“Troncos y ramas estaban cubiertos por un liquen blanco”, prosigue North. “Las ramas se inclinaban bajo el peso de piñas tan grandes como cabezas humanas. Las piñas mas pequeñas de los árboles masculinos desprendían nubes de polen dorado y estaban llenas de pequeñas larvas, que atraían bandadas de loros de color verde bronceado, que se afanaban sobre ellas”, escribe. El ave descrita se trata, por supuesto, del conocido choroy ( Enicognathus leptorhynchus ), animal que le llama tanto la atención como una pareja de guanacos que ve pastando a los pies de los araucarias. “Lo más notable del árbol es su corteza, que es un perfecto acertijo infantil de placas de diferentes tamaños, de cinco o seis lados cada una, ajustadas unas a otras con la nitidez de una colmena. En vano traté de descubrir el sistema de ajustes”, recuerda la naturalista.

A mediados de los años 20, un octogenario Pascual Coña le cuenta al capuchino alemán Ernesto Wilhelm de Mösbach que en su niñez se buscaban los “muy apetecidos piñones de la cordillera”: ngëlliu , en mapudungun. En su “Botánica indígena de Chile”, terminada en 1955, Mösbach describe al pehuén como “el tan conocido símbolo de los araucanos, magnífico adorno de los montes y volcanes de la Araucanía”. Menciona que la resina que exuda se usa como cicatrizante, pero también informa algo perturbador: debido a la ausencia de nudos, sus enormes troncos “son actualmente preferidos para la madera terciada”.

En la primera edición de este libro, publicado recién en 1986, sus prologuistas, Carlos Aldunate y Carolina Villagrán, resumen la visión que tienen de este árbol los habitantes que viven junto a él: “Los pewenches comprenden las formaciones boscosas de araucarias del mismo modo como su propia sociedad. Se distinguen claramente las especies femeninas, que dan frutos, de las masculinas, y se les asignan las correspondientes denominaciones de domopewen -araucaria mujer- y wentrupewen o araucaria macho. Aquellos ejemplares con conos masculinos y femeninos son tenidos por bisexuados”. No anda perdida Gabriela Mistral cuando habla de las “madres-araucarias” (ver recuadro).

Cada bosque de araucarias es una agrupación familiar extensa llamada lobpewen . Seres sobrenaturales protegen estos bosques: el anciano del pewen cuida los árboles masculinos y la anciana, los femeninos. Una leyenda dice que ellos enseñaron a los pehuenches que sus frutos eran comestibles. También castigan con fuerza a quien ose cortarlos. Esta prohibición no ha impedido, sin embargo, su disminución.

Presentimiento de su extinción

En 1961, Luis Oyarzún lamentaba, a orillas del lago Icalma, la desaparición de un bosque milenario de los pehuenches: “Son dueños comunitarios también de las colinas con sus bosques de araucarias, que han sido ya en parte explotados por ellos con descuido y a vil precio. En los mismos días que acampamos aquí, vinieron el juez de indios, un delegado de la firma que les compró los rollizos y un agrónomo araucano, para hacerles entrega de E° 3.700 que debían prorratearse entre todos, en proporción de sus cargas de familia”. No es de extrañar que un tono de elegía atraviese la mayor parte de los textos que Oyarzún dedica al araucaria en su “Diario íntimo” (ver recuadro).

Casi 40 años después, lo mismo puede advertirse en la poesía escrita por autores mapuches contemporáneos. “¿De dónde el verde de mis araucarias?”, se pregunta Elicura Chihuailaf en “Bío Bío, sueño azul” (1998), justo antes de los siguientes versos: “¿Se quedará sin sombra el valle en que florece/ el pensamiento, el aire que sembramos?”. A su vez, Graciela Huinao registra en el poema “Nawel Buta” su “agónico canto vegetal”, y escribe: “Se rompe mi alma/ en angustiado canto de pewen/ y voces antiguas acuden a mi puerta”.

La premonición de la pérdida también se halla presente en escritores no mapuches. Miguel Serrano cifra en la araucaria el símbolo de una sabiduría extraviada que trasciende el plano material. En su libro “Ni por mar ni por tierra” (1950), relata el encuentro que tuvo en un bosque de la Araucanía, en los años 40, con un “individuo pintoresco” de nombre Trabalaira. Este le contó la leyenda de un brujo que, al morir, se transformó en sapo y fue capturado por su discípulo, quien le cosió la boca y demás orificios (imbunchamiento) para hacer un “mal”. En el lugar donde lo enterró comenzó a crecer una araucaria inmensa, que pujaba por alcanzar el cielo. Era muy negra, porque estaba alimentada con la sangre de un brujo. Su corteza tenía la propiedad de devolver la vista a los ciegos que apoyaran su cabeza en ella. Sin embargo, con el tiempo, se perdió el camino para llegar hasta el árbol mítico.

“¿Qué es esa vieja araucaria que crece indefinidamente, como la columna del templo de la magia?”, se pregunta Serrano. ¿Qué vista es la que devuelve? “Del mismo modo que Trabalaira, yo busco la gigantesca araucaria. ¿Dónde se encuentra hoy el camino perdido? ¿Acaso en medio del bosque impenetrable? ¿O sobre las cumbres nevadas?”.

La misteriosa peste que hoy enferma a las araucarias tal vez no sea irreversible, según estiman algunos ingenieros forestales. Todo depende de cuán pronto se identifique al causante y se encuentre una cura.

“Sanación”, precisamente, se titula el poema de Adriana Paredes Pinda (1970): “La muchacha tendrá que hacer machitún./ Los brotes de la madera/ pujan en su lengua,/ un pewen de aroma en parto”.

Un poeta de la comunidad Herminia Blanca Nahuel, de la localidad de Selva Oscura (Victoria), también cantó al poder de regeneración natural. En “Señales”, Carlos Levi Reñinao (1968-2013) escribe: “En la distancia de una noche/ Estrellada/ Tú viste nacer el pewen,/ El color de sus piñones,/ El encanto de engendrar el sol./ Las araucarias nos invitan a/ Danzar/ Y su corazón sigue saltando”.

http://impresa.elmercurio.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2017-08-20&dtB=21-08-2017%200:00:00&PaginaId=1

 

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